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Los cuidados, el Estado, el mercado, las mujeres

  • josefinabrown
  • 15 mar 2025
  • 3 Min. de lectura

En La mercantilización de la vida íntima, Arlie Hoschschild señala una verdad que muchas veces olvidamos tan imbuidos/as estamos de este mundo capitalista en el que prima el dinero y la productividad. Hundidos/as en esa red tendemos a pensar que lo que mueve el mundo es el trabajo pero Hoschschild nos vuelve al centro señalando que, son el amor y los cuidados los que están en la base de la vida social. En efecto, hace ya bastante Margaret Mead nos recordaba que la cultura no nació con el lenguaje; la cultura nació cuando se encontró un hueso fracturado restaurado porque eso sólo pudo pasar cuando una persona se quedó a cuidar de otra.

Resulta paradójico entonces que lo que sostiene la vida sea lo que en el presente menos valoramos socialmente y es aquello que, muchas personas se rehúsan o evitan hacer, sobre todo, varones. Y lo no tan paradójico es que sea la tarea que históricamente nos fue asignada a las mujeres.

Pero, así y todo, es algo sobre lo que hace al menos algunas décadas hemos vuelto a hablar con vehemencia. Es que, eso que cimienta la vida social y permite el trabajo productivo fuera de las casas era algo durante una centena larga  y  hasta mediados del siglo pasado se daba por sentado pues un grupo de personas, las mujeres, lo hacían para todos/as en el silencio de los hogares. Pero un día, muchas de esas mujeres también salieron a trabajar. Y así fue que para 1950 un 40% de ellas lo hacía y el porcentaje fue creciendo. De igual manera creció el número de ellas que no dejó el trabajo para volver un día después de haber criado a la prole. Y hacia los años 2000 son cada vez, un aproximadamente 70% de féminas quienes ingresan y permanecen en el sistema laboral formal o informal, fuera de sus propios hogares.

Con tal cantidad de mujeres trabajando fuera de sus hogares resulta que cada vez son menos aquellas que permanecen cuidando dentro de ellos o a quienes se puede recurrir para ello (madres, tías, vecinas, amigas). Y eso no sería ningún problema si socialmente hubiéramos considerado que este es un tema importante y que debemos encontrar los modos de resolverlo.

¿Qué es lo que hay que resolver?

Quien realiza las tareas de compras, comida, cocina, cuidado de niños/as, ancianos/as, personas con discapacidad o con alguna enfermedad, etcétera, etcétera mientras un grupo de personas trabaja fuera del hogar durante la mayor parte del tiempo diurno cuando no, nocturno.

Podríamos optar por diversos modelos: pensar horarios de trabajo fuera del hogar más cortos o flexibles, lugares de trabajo en los que aceptaran compañía de los y las trabajadores/as y espacio para ellos/as, instituciones estatales o privadas (de cada empresa o grupo de empresas o sindicatos) y muchas más alternativas.

La dificultad radica en que ni Estados, ni corporaciones empresarias o sindicales se hacen cargo de ello y la responsabilidad vuelve otra vez a las familias quienes sin ayudantes o colaboradore



s/as a la vista recurren, si pueden, a cuidados remunerados

Todo lo cual nos trae un sin número de interrogantes: ¿A quienes les pagamos por cuidar? ¿Cómo afecta el trabajo fuera de los hogares las tareas de cuidado que las mujeres siguen realizando dentro de los hogares? ¿Cómo estructuramos el cuidado pago para que funcione desde el punto de vista humano? ¿Qué implica o sucede cuando el dinero se involucra en vínculos o relaciones sociales donde antes circulaba aparentemente solo amor?

Bajo el lema haciendo fácil lo difícil, apenas un bocadillo para abrir el diálogo aquí y en los grupos Pensar(nos) entre mujeres. Grupos de encuentro y reflexión intergeneracional.

 

 

Texto: Josefina Brown

 

Fuentes:

 

Hochschild, Arlie, (2008), La mercantilización de la vida íntima, Katz editores. Buenos Aires

 

 

 
 
 

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